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Zutik Euskal Herria

Antonio Alvarez-Solís 2010-04-10 GARA lotura

Si al grito de «Zutik Euskal Herria» una masa sólida de ciudadanos decide presentar candidatos a las próximas elecciones ¿qué hará Madrid? Ahí no servirá el herrumbroso recurso a la violencia como modo de exclusión. Ni podrá el aparato gubernamental del Sr. Zapatero, compuesto de socialistas y oposición, movilizar el tinglado judicial para que declare a toda esa ciudadanía como parte integrante de ETA. Alegar esto pondría en entredicho el enunciado de «banda» con que se designa a ETA. ¿Cabe concebir a una multitud como banda entregada al terrorismo? Yo creo que Madrid, como en tantas otras ocasiones, ha agotado su margen de maniobra para sus acostumbrados procederes dictatoriales, fascistas en términos del lenguaje adecuado. Según como proceda Madrid se trataría ya de entrar a saco en la calle ancha y clara, y Lakua ratificaría su carácter de organismo «quisling» de ocupación que quizá sugiriese al pueblo vasco, como respuesta, una postura de enconada lucha nacional.

España perdió de acuerdo con estas concepciones y formas de actuar todas sus colonias, a las que no se ofreció jamás una salida con espíritu de concordia. El espíritu de Weyler respecto a Cuba, heredero de otras muchas posturas protervas -recordemos al españolísimo general Serrano diciendo a su confesor en el momento de la muerte: «No puedo perdonar a mis enemigos porque los he fusilado a todos»-, vuelve a apuntar en el horizonte. ¿Qué hará Madrid si doscientos, trescientos o cuatrocientos mil vascos acuerdan gritar su independencia desarmada y reclaman urnas para publicarlo? ¿Cómo explicarlo a una Europa que siempre ha tenido a España como la piedra en su zapato?

No. No bastará, si los soberanistas mantienen su pulso, con la heredada Audiencia Nacional emitiendo sus incongruentes papeles condenatorios, ni con la Guardia Civil o la Policía poblando la noche y el día de Euskadi, ni con la amenaza constitucional. El ruido poblará no sólo el ámbito vasco sino que saltará clamorosamente las fronteras hasta obligar a muchos gobiernos, que ya tienen bastante con sus problemas, a soltar abruptamente la patata caliente española. Pienso incluso que este «Zutik Euskal Herria» podría agusanar el viejo cuerpo del PNV, en cuyo seno unas capas confusas caracolean hasta hipotecar su vieja historia.

Porque, pese a lo que sostenga su aparato partidario, también una multitud de peneuvistas no logrará apacentar en el partido su conciencia nacional. No hago ejercicio de arúspice y observo las entrañas del ave porque adivinar las cartas que van a salir en el juego es cosa elemental para quien posea la mínima capacidad reflexiva, sólo me limito a preguntarme ¿qué hará Madrid si persiste en su guerra de ocupación ante las masas que converjan en una dinámica acción soberanista?

Después, si la actitud de Madrid persiste en su vieja y ya astrosa arrogancia, sucederá una historia donde el encuentro de dos pueblos será cada vez más difícil. Ante este lamentable futuro, porque no hay independencia que no se haya logrado, no vale esa simplicísima reflexión española de que España puede bloquear las relaciones comerciales con la tierra vasca, porque el comercio de Euskadi ya navega en muchos más ámbitos y, en cambio, tierras de la vieja España necesitan, para supervivir hoy todavía, a Catalunya y Euskadi, naciones a las que solamente les bastará para impulsar su pretensión de modernidad económica con reorientar las velas de una parte de su tinglado empresarial, que podría ser desconectado de sus lazos de dependencia con la Corte.

El problema histórico de España está en cierta manera provocado por su miopía para ver la mar, con todo lo que el horizonte marítimo significa. Inglaterra supo ver la mar y ello la hizo protagonista de la primera revolución industrial. El imperio inglés siempre fue un dinámico negocio, mientras el imperio español siempre fue una canonjía adormecida y barroca. España ha mirado perpetuamente a su interior, incluso la Andalucía postárabe. Es menguada y obstinadamente rural. A veces sospecho que más que una nación con todos sus elementos impulsores sigue siendo un latifundio. Para explicarme la mala relación de España con muchas de las tierras que compusieron, dependieron o dependen de su Estado he de recurrir a la mecánica biológica de los virus, que precisan del material genético de las células que invaden para lograr su reproducción. Fruto de esta aversión al océano para alimentar su evolución es la mala relación que lo español guarda con su periferia navegante.

Pero decir todo esto equivale a buscar el alma metafísica cuando lo necesario es preocuparse del espíritu encarnado. De eso no se ha preocupado España. ¿Por qué? El problema requiere demasiada meditación para mí. Lo que me preocupa de España es su radicalismo inmóvil. Ese radicalismo que ahora le impide entenderse con dos naciones peninsulares -a las que cabe añadir Galicia- con las que debería vivir en paz y buena voluntad merced a una razón sanamente practicada. Es más, una razón que le imbuiría una cierta armonía vital, alejándola de la violencia sempiterna que le suscita la visión de las libertades.

Volvamos ahora a Euskadi en toda su extensión como Euskal Herria. Las próximas elecciones, ya municipales o generales, van a plantear una situación explosiva. No puede pedirse a los vascos que se crucen de brazos mientras tratan de arrebatarles su sustancia nacional. Ya no hablo de lo que piensan íntimamente acerca de sus lazos con España, ya sea la ruptura política de esos lazos o la aceptación de cierta dependencia mediante la figura de la autonomía.

Yo creo que los vascos desean íntimamente ser soberanos, incluso muchos de los que ahora están alejados de la batalla exterior por conseguirlo. Pero repito que eso está por ver. Lo que desde luego irrita al euskaldun es que se le prive de la elemental posibilidad de hacerse escuchar en las instituciones y desde ellas. Y además que se adjetive esa represión como muestra de sanidad democrática. Este último extremo agudiza el carácter de lo que ocurre al ser convertido en algo que tiene todas las evidencias de una burla.

El vasco quiere salir de la minoridad política que le impone Madrid. Es, pues, una batalla por el desarrollo humano, por su plenitud. Ante el deseo de ejercer la mayoría de edad, que el vasco tiene hace siglos como todo pueblo que posea un rotundo perfil de pueblo, no se puede oponer una política de acciones elementales y lamentables, de diálogo falsificado, de dolor permanente producido por una represión tan burda como secular. Vivir en el marco que no sólo acoge la violencia sino que es la violencia misma no es aceptable desde ningún punto de vista, ni para vascos ni para españoles; para españoles porque al fin y a la postre lo que recogen del campo de batalla son sus propios restos, como ha venido sucediendo siglo tras siglo.

Vivir en una tensa instalación en el dominio acaba por destruir todo lo que de sólido puede tener el espíritu dominante. España sería más España si se aceptara en paz y concordia. Cuando un sistema colonial se quiebra, el dominador ha de huir cuanto antes de él a fin de salvarse a sí mismo; hay que poner urgentemente a salvo los muebles de la inteligencia antes que hacer con ellos una montón de astillas para mantener un fuego que resulta irrisoriamente sagrado. España puede ser grande, mediana o chica, lo importante es que sea sólida y se vea a sí misma sin acideces y vómitos. La grandeza no la produce la mancha geográfica sino la voluntad de ser plenamente ante el mundo con un espíritu abierto a los demás. Amén.

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apirila 10, 2010 Posted by | Iritzia, Politika | , , | Utzi iruzkina

La desbandada de un gobierno

Antonio Alvarez-Solís 2010-02-25 GARA lotura

El edificio gubernamental español se desploma. Los máximos responsables, que hablan personalmente o a través de representantes, hacen las declaraciones más inadecuadas acerca de su función y posibilidades de maniobra política. España está definitivamente sin Gobierno. Pero, y esto reviste la máxima gravedad, también sin oposición a la que pueda recurrirse con confianza y seguridad. Es decir, el Estado español ha sido entregado a la Corona en una renuncia escandalosa de responsabilidades por parte de unos partidos sin ideas, troceados además en taifas que sumen a la ciudadanía en una permanente perplejidad. Nadie en la calle sabe lo más mínimo acerca de lo que está pasando ni de lo que se aproxima con características arredradoras.

No son estas reflexiones ni atropelladas ni apocalípticas. Se basan en hechos públicos de la máxima relevancia. El Sr. Rodríguez Zapatero se dirige al Sr. Rajoy desde la tribuna de un mitin en Málaga para solicitar un acuerdo de todos los partidos «sin condiciones». ¿Cómo se puede solicitar desde el Gobierno y al resto de los partidos, entre ellos el Popular, un acuerdo sin condiciones? Pero ¿dónde ha quedado el programa socialista? ¿Qué está pasando en la Moncloa? Las contradicciones son, además, clamorosas. Tras ofrecer su rendición de gobernante, el Sr. Zapatero añade, para cubrir vergonzosamente ese flanco de debilidad e impotencia, que la oferta dirigida preferentemente al Sr. Rajoy no trata de que este caballero «ayude al Gobierno, sino de que ayude al país». Si mi lectura de esta frase es correcta y si aplicamos las más simples exigencias de la sindéresis el Sr. Zapatero separa a Gobierno y país, y solicita del Sr. Rajoy que se haga cargo del desastre que aflige al último. El Gobierno renuncia en este momento a serlo y brinda en una bandeja a su contrincante nada menos que el país. Esto último queda luminosamente esclarecido en la frase repetida con acentos aún más dramáticos: «No le pido que se responsabilice del Gobierno, sino de la sociedad española». Decididamente el Gobierno se ha ido.

Me pregunto por qué no solicitan los parlamentarios, simples palmeros desde sus escaños, un pleno extraordinario de la Cámara para pedir al Sr. Zapatero que aclare cuáles son los resortes de gobierno con que cuenta y cuál es el programa sólido que en este momento maneja. No se puede permitir que los responsables financieros, que los dirigentes empresariales, que los conductores de los sindicatos, que personalidades de las más diversas esferas vayan y vengan desde la Zarzuela a la Moncloa sin que los ciudadanos, que al parecer debiéramos ser los depositarios de la soberanía nacional, nos limitemos a ser meros espectadores de este inmenso circo y a apostar o apostrofar desde los blogs correspondientes. ¿Cuántas Españas hay? ¿A quién representa el poder? ¿Qué hace el poder para justificar esta representación? Como acaba de manifestar con indignación el profesor Neira, al enterarse de que dejan en libertad bajo fianza a quien estuvo a punto de asesinarle por defender de malos tratos a una mujer, «me da asco y vergüenza y me gustaría ser ciudadano de otros país». Pero pensando con un poco de coherencia, ¿no tendrán su gran tanto de culpa los españoles por las circunstancias en que se hallan? Han creído que todo seguía consistiendo en vitorear a la España eterna y tirar de la carroza real de Fernando VII. Pues ahí tienen las consecuencias. Y además esas consecuencias se hacen más visibles en un momento al parecer glorificante en que España se hace cargo de la dirección europea. Esto ya no lo barnizan ni los brillantes desfiles militares en la Castellana. España está dimitiendo de sí misma. ¿O es que alguna vez tuvo sentido de la responsabilidad?

Pues ahí tenemos al Gobierno en huida. El ministro de Trabajo, Sr. Corbacho, que mira aterrado hacia la cola del paro frente a las oficinas de empleo, acaba de añadir por su cuenta una piedra más a la autolapidación de su Gobierno: «esta crisis ya no es la crisis del sistema financiero, sino la crisis de la escalera, del barrio y de las familias». Y tras hacer este terrible reconocimiento de la situación, el Sr. Corbacho toca a rebato y reclama la urgente intervención de las ONG en el escenario de las ruinas. ¡A las ONG! «La Administración, por mucho que lo pretenda, no puede llegar a todos los lugares». Ministro de Trabajo en un gabinete socialista reconoce después que ve «con normalidad que los trabajadores expresen su desacuerdo» en las manifestaciones en preparación. Pero el ministro, tras decir esto, sigue parapetado en el Ministerio. No importa ya todo lo que pase en la calle. Pensará seguramente en aquella matización del cardenal Richelieu, cómodamente arrellanado en su despacho, ante una motín parisino, del que un colaborador suyo matizaba que los amotinados por una nueva gabela querían la revolución: «Pero ¿no estamos bien así?», rebatió el cardenal.

Y en baile de los despropósitos faltaba ¿cómo no? la pizpireta Leire Pajín, que también hace unas horas alumbró el fondo del desconcierto político: «El PP aprovecha a tope la crisis y no pega un palo». Sra. Pajín ¿sabe usted en qué consiste el juego de ideas democrático y del proceder parlamentario? Yo creo que no sabe usted una palabra de este asunto. La misión de cualquier oposición del mundo civilizado consiste en mantener sus ideas y procurar relevar al partido gobernante a fin de poner en práctica la política que cree adecuada. Pero usted, Sra. Pajín, lo único que se le ocurre es solicitar del Partido Popular que no se aproveche de la crisis, que «se siente y escuche y, en base a eso, proponga e intente acercarse a todos los demás». Mire, Sra. Pajín: los demás son ya los parados, porque en el Parlamento no hay partido que a estas alturas proponga algo serio y radical para invertir el rumbo de la navegación. Ya lo dijo su compañero de partido, el Sr. Corbacho, «ya no se trata de la crisis del sistema financiero, sino de la crisis de la escalera, del barrio y de las familias». En una palabra, de toda esa inmensa masa de ciudadanos que no tienen sitio alguno en la filosofía económica y social del neoliberalismo y la globalización. Sra. Pajín: ¿cree usted, con la mano sobre el corazón, que su socialismo es capaz de darle la vuelta a la tortilla y encabezar una benéfica revolución que supere al tinglado ideológico establecido? Usted sabe que ustedes son lo mismo que los «populares» y quizá significan una dificultad mayor para intentar una luminosa renovación del modo de gobernar. Porque ustedes no son más que los administradores de los otros, pero con el gravísimo inconveniente de que no queda nada por administrar.

Y finalmente, la Sra. Esperanza Aguirre, que tiene más peligro que una caja de bombas manejada por un pastelero. ¿Qué propone la Sra. Aguirre? Pues nada menos que esto: que el Gobierno socialista incluya ahora, con la máxima urgencia posible, a ministros «populares» en el Gobierno del Sr. Zapatero, sobre todo en las carteras de Economía y Trabajo. ¡Atención, cocina: marchando una ración de pisto! La Sra. Aguirre ha leído en alguna parte algo sobre los gobiernos de concentración nacional y se ha dicho: «Pues esta es la mía». Pero los gobiernos de concentración nacional, Sra. Aguirre, se piensan para situaciones extremas, por ejemplo ante una guerra, que implica a toda la población. ¿Y cree usted que estamos ya en guerra? Puede que sí, pero ¿entre quiénes y quiénes? Quizá piense usted en la guerra contra los vascos. Ahí, como han demostrado los socialistas y los «populares», sí se explica la concentración. Y todo lo que acompaña.

otsaila 25, 2010 Posted by | Iritzia, Politika | , , | Utzi iruzkina